|
|
Páginas
1
(2)
3
|
|
En este libro se hace más evidente la intervención del
autor creando figuras que de guapos no tienen nada pero que están completamente
subyugadas por esas criaturas de leyenda que se juegan la vida como si nada
fuera. "Soba" es un personaje del que sinceramente me enamoré. Hay en él una
referencia a la calle Corrrientes pero a la de los intelectuales que llevan
libros bajo el brazo aunque sean de los que hablan de guapos. Nuestro autor usa
todo su ingenio al retratarnos estos seres que parecieran tener que ver con "El
Quijote" de Cervantes. Es decir, tienen que ver con el mismísimo Carlos así como
el Quijote tiene que ver con Cervantes. Y, el ingenio del que hablo, se
materializa en frases que, aludiendo a tangos (tantos), películas ("El
prisionero de Zenda" por ejemplo) o cualquier otro elemento de nuestra realidad
cultural, nos hacen mover las neuronas hasta conculsionarlas en carcajadas
irresistibles. Todo el cuento del "Soba" en su relación con "Mimbre" es para
desternillarse de risa y admiración porque en esa disputa, de por sí
descojonante, entre los guapos de Corrientes y los del Bajo entra una mujer a
tallar de una manera patética y al mismo tiempo con un notable espíritu de
jolgorio y sensualidad que nos acerca a la felicidad de vivir. En este cuento
hasta hay cierta reminiscencia a Borges que es bastante "Soba" con sus libros
bajo el sobaco y sus famosos guapos. Claro que los cuchilleros de Jorge Luis son
más serios, menos ridículos o, al menos, su parábola no está tan
escandalosamente sumida en un destino donde el absurdo nos abre los ojos de
asombro. Fede, "socialista ectópico" (no puede haber algo más gracioso) se cruza
en un diálogo agresivo con la estudiante que se prostituye y el narrador
interrumpe la charla que sin embargo sabe que continuará, con una pregunta
acerca del la última de Tarkoski. Esto lo hago notar porque se da el mestizaje
en estas narraciones de lo característico de los bajos fondos con lo sofisticado
del mundo intelectual. Es como si sobrevolara también una necesidad de los
personajes de que existiera algún código ético para medir los actos humanos pero
la estudiante prostituta tiene sus propias respuestas a eso porque, como todos
los personajes, es fiel a su destino y se deja conducir a dónde éste la lleve.
Este cuento, aunque con frases maravillosamente jocosas, no es ni cómico ni
trágico. Otro hay trágico en donde están en el bar "Soba" y el "Fede". Éste no
soporta que ese día ondeen frente a él la bandera de la utopía porque,
desesperado, cuenta lo que ha vivido con una prostituta y su nieta. Aquí también
rige la ley de la vida en su versión más patética y descarnada, más impiadosa
dándole una cachetada al discurso de un mundo no contaminado sino donde triunfen
el amor y la paz. Y, hablando de amor, Carlos Adalberto no parece muy optimista
respecto a él. Miento, no él sino sus personajes, cada vez que lo nombran, no
dejan de echar un manto de sospecha sobre la felicidad que pueda aportar. Más de
una vez aparecen las mujeres como obras más del Diablo que de Dios contrastando
con la idea que suelen sembrar las madres (¿las madres son mujeres?) de que hay
que tratarlas como si fuesen sagradas, es decir hay que ser caballeros. Esta
idea genera más de un drama ridículo que Carlos muestra en perfectas
radiografías. Sin embargo, hay en este libro, mujeres de todas las clases y
muchas son verdaderas heroínas que saben defender lo suyo como "Mimbre" o la que
busca guapo o la chancleta rubia que se casa con uno. Pero mientras éstas
últimas actúan con inteligencia y valentía para obtener lo que quieren hay dos,
en relatos que nada tienen que ver uno con el otro, pero unidas por la
prostitución y la música pero que desembocan en conductas absolutamente
diferentes. La vitrolera llora muy poco al hombre que le matan; la alemana
cumple su venganza y se recluye a continuar llorando. Carlos, aunque
infinitamente argentino y más porteño que argentino, toca la cuerda universal
con una gracia y profundidad escalofriantes. Supongo que muchas de sus
ocurrencias no serían pescadas por lectores foráneos que se toparían con frases
y palabras y alusiones que no forman parte de su bagaje intelectual pero las
historias en sí, despojadas de toda esa ornamentación verbal ingeniosísima,
están enmarcadas en la más absoluta tradición del drama humano. Los guapos de
antes ahora parecen ser heredados por los barras bravas que con códigos propios
y violencia sin igual, tiñen estúpidamente de sangre las tribunas y los
alrededores del estadio. También los guiarán la defensa de algún honor o
simplemente, por involución, algún privilegio o prebenda.
|
|
Páginas
1
(2)
3
|
|
Consiga Historias del Bajo y otras evocaciones de Carlos Adalberto Fernández en esta página.
|
|
|
 |
|