Por último, a pesar de que los personajes son el plato principal
del menú, un párrafo aparte merecen las escenografías en donde estos títeres del
destino se mueven. Ya sabemos de qué zona se trata y que en estos cuentos
proliferan los bares, son necesarios los bares, no habría literatura de Carlos
Adalberto Fernández sin bares, es más, no existiría Carlos sin bares. Por lo
menos el Carlos joven o el actual escritor que los evoca.. Allí se tejen las
historias o se cuentan o se viven o se recuerdan. Carlos Travesía o sea el
"Soba" atiende en el barcito "El vómito escaso", lo cual es una genialidad de
nombre para un bar. Chela, la estudiante prostituta "atiende a quien se siente
en su mesa -obviamente hombres solos-: arte, política, transas." Además de los
bares están las escaleras de los edificios que también sirven de oficina o de
ambiente, bulo, guarida. En "La alemana" me impresionó la descripción que hace
de una cuadra de la recova de Alem, sucesión indiferenciada de edificios
iguales, de siete u ocho pisos. "Resultaba un enorme cubo, hasta la media
manzana, agujereado simétricamente por innumerables ventanas. Sólo una amplia
entrada cada tanto, indicaba la existencia de un distinto edificio. En el
interior, de noche, ausente la profusa iluminación original y movimiento en las
numerosas oficinas y locales varios, luces mortecinas sólo permitían vislumbrar
catacumbas asomando cada tanto a enormes cavernas desnudas. Sólo los negocios,
en el frente, daban vida al inmenso cenotafio."
En resumen, a partir de una disposición narrativa rayana en el más
puro ingenio, zambulléndonos en un pantano de antihéroes que cumplen parábolas
previstas y son la mayor cantidad de veces patéticas, el autor parece decirnos
que no somos nada más que sueños deshilachados y esclavos de nuestra situación
social y las conductas heredadas según el grupo al que pertenezcamos. Porque ya
no hay malevos no nos desangraremos en un duelo criollo pero nos matará la
muerte cualquier día después de dar nuestra cabriola absurda como títeres que
somos del destino.
Jorge Luis Estrella