-Veo que tienes buena capa... Y corbata con alfiler como la de
un señorito... Y ropa muy decente. Chico... tú has heredado. ¿Con quién andas?
¿Te ha salido algún tío de Indias?
-Es que tengo ahora, para decirlo de una vez, el mejor amo del
mundo. Debajo del sol no hay otro, ni es posible que lo vuelva a haber.
-¡Bien, bravo! Un aplauso para ese espejo de los amos. ¿Pero es
tan desordenado como aquel D. Alejandro Miquis?
-Todo lo contrario.
-¿Estudiante?
-(Con orgullo.) ¡Capitalista!
-Chico... me dejas con la boca abierta. ¿Es muy rico?
-Lo que tiene... (Expresando con voz y gesto la inmensidad)
no se acierta a contar.
-¡Otra que tal! ¿No te dije que Dios se había de acordar de ti
algún día?.. Y dime ahora con franqueza: ¿cómo me encuentras?
-(Sin disimular sus ganas de reír.)
Pues le encuentro a usted...
-(Con alborozo y soltando del inferior labio hilos de
transparente baba.)
Dilo, hombrecito, dilo.
-Pues le encuentro a usted... gordo.