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-(Tomando aliento.) No creas; se necesita cabeza, porque
es una liornia de mil demonios la que armamos. El editor dice: «Ido,
imaginación volcánica: tres cabezas en una». Y es verdad. Al acostarme, hijo,
siento en mi cerebro ruidos como los de una olla puesta al fuego... Y por la
calle cuando salgo a distraerme, voy pensando en mis escenas y en mis
personajes. Todas las iglesias se me antojan Escoriales, y los serenos
corchetes, y las capas esclavinas. Cuando me enfado, suelto de la boca los
pardiezes sin saber lo que digo, y en vez de un carape, se me
escapa aquello de ¡Con cien mil de a caballo! A lo mejor, a mi Nicanora
la llamo Doña Sol o Doña Mencía. Me duermo tarde; despierto riéndome y digo:
«Ya, ya sé por dónde va a salir el que se hundió en la trampa». (Con
exaltación que pone en cuidado a Felipe.) Porque has de saber, amiguito, que hay una mina muy
larga, hecha por los moros, la cual pone en comunicación la casa del Platero,
vivienda de Antonio Pérez, con el convento de religiosas carmelitas calzadas de
la Santísima Pasión de Pinto.
-Vaya que es larga de veras... (Disimulando la risa.)
¡Qué cosas! ¡En qué enredos se ha metido usted! Pero lo que importa es
ganar dinero.
-¡Moneda! Toda la que quiero. Ahora me sale a ocho duros por
reparto. Despabilo mi parte en dos días. Pronto trabajaré por mi cuenta, luego
que despachemos la nueva tarea que se nos ha encargado ahora. El editor es
hombre que conoce el paño, y nos dice: «Quiero una obra de mucho sentimiento,
que haga llorar a la gente y que esté bien cargada de moralidad». Oír esto yo y
sentir que mi cerebro arde es todo uno. Mi compañero me consulta... le contesto
leyéndole el primer capítulo que compuse la noche antes en casa... ¡Hombre
entusiasmado! Francamente, la cosa es buena. Figuro que rebuscando en unas
ruinas me encuentro una arqueta. Ábrola con cuidado, y ¿qué creerás que hallo?
Un manuscrito. Leo y ¿qué es?, una historia tiernísima, un libro de memorias, un
diario. Porque o se tiene chispa o no se tiene... Puestos los dos en el telar,
ya llevamos catorce repartos, y la cosa no acabará hasta que el editor nos diga:
«¡ras, a cortar!». (Apurando la copa de coñac.) Francamente, este licor
da la vida.
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Tormento
de Benito Pérez Galdós
ediciones elaleph.com
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