-Si mi amo no es marqués... Mi amo es don Agustín Caballero, a
quien usted conocerá.
-(Con penetración.)
Sea lo que
quiera, la carta que llevas encierra un instrumento de inmoralidad, de
corrupción. La carta contiene billetes.
-Sí, pero son de teatro para la función de mañana domingo por
la tarde. Es que los primos de mi amo, los señores de Bringas, no pueden ir,
porque tienen un niño malo.
-¡Bringas, Bringas!... (Recordando.) Amigo
Aristóteles, déjame ver el sobre de la carta...
-Véalo.
-(Leyendo el sobrescrito, lanza formidable monosílabo de
asombro y se lleva las manos a la cabeza.)
«Señoritas Amparo
y Refugio». Si son mis vecinas, si son las dos niñas huérfanas de Sánchez
Emperador...
-¿Las conoce usted?
-¡Si vivimos en la misma casa, Beatas, 4, yo tercero, ellas
cuarto! Si en esa parejita me inspiro para lo que escribo... ¿Ves, ves? La
realidad nos persigue. Yo escribo maravillas, la realidad me las plagia.
-Son guapas y buenas chicas.
-Te diré... (Meditabundo.) Nada dan que decir a la
vecindad, pero...
-¿Pero qué?...
-(Con profundo misterio.)
La
realidad, si bien imita alguna vez a los que sabemos más que ella, inventa
también cosas que no nos atrevemos ni a soñar los que tenemos tres cabezas en
una.