-Pues ponga usted en sus novelas esas cosas.
-No, porque no tienen poesía. (Frunciendo el ceño.) Tú
no entiendes de arte. Cosas pasan estupendas que no pueden asomarse a las
ventanas de un libro, porque la gente se escandalizaría... ¡prosas horribles,
hijo, prosas nefandas que estarán siempre proscritas de esta honrada república
de las letras! Vamos, que si yo te contara...
-Cuénteme usted esas prosas.
-¡Si tú supieras guardar un secretillo!...
-Sí que sé.
-¿De veras?
-Échelo, hombre.
-Pues... (Después de mirar a todos lados, acerca sus labios
al oído de Felipe, y le habla un ratito en voz baja.)
-(Oyendo entristecido.) Ya... ¡Qué cosas!
-Esto no se debe decir.
-No, no se debe decir.
-Ni se debe escribir. ¡Qué vil prosa!
-(Reflexionando.)
A menos que usted,
con sus tres cabezas en una, no la convierta en poesía.
-(Con enérgica denegación.)
Tú no entiendes de arte.
(Intentando horadarse la frente con la punta del dedo índice.) La poesía la saco yo de esta mina.
-Vámonos, D. José.
-Vamos; y pues tú y yo llevamos el derrotero de mi casa...
hablaremos... camino. Luego que desempeñes... comisión, entrarás en mi cuarto.
Nicanora se alegrará mucho de verte. Apretón de manos... tertulia, recuerdos,
explicaciones... (Con lenguaje cada vez más incoherente y torpe.) Yo...
hablarte Emperadoras... tú... de ese amo insigne... preclaro...
opulentísimo...