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El poder
En la mayoría de las comunidades donde el ser humano ha
habitado, uno de los temas presentes en forma perseverante es el consumo de
algún producto psicoactivo. Dicha práctica puede realizarse mediante la
fermentación de algún fruto local para obtener alcoholes; también a través de la
ingesta, la inhalación o simplemente fumando la brasa de algún vegetal adecuado.
Este tipo de rutinas son fácilmente reconocibles por dos particularidades que
las generaliza y de alguna manera las define. La primera (y razón de ser), es
el refuerzo de alguna conducta, con el aporte de sensaciones de felicidad,
valor, en algunos casos de anestesia ante el dolor, o alucinaciones -que pueden
relacionarse al contacto con los dioses-. La segunda (y razón de padecimiento),
es la generación de dependencia, una situación conductual y química que no da al
individuo la posibilidad de alejarse de dicha práctica. Pero por ahora no vamos
a abordar al tema en su generalidad; sin embargo, nos referiremos a una adicción
muy peligrosa, entre otras razones porque aún no ha sido debidamente tipificada
y se conocen escasos tratamientos, mucho menos políticas gubernamentales que
aborden la patología. Conozco una droga que se destaca de sus colegas, y
estoy convencido que la predisposición a la misma se encuentra en nuestra
naturaleza genética. Todos los libros de prehistoria, historia antigua y
moderna, constantemente la mencionan. Genera dependencia frecuentemente al
consumir las primeras dosis. Es muy engañosa, pues quien la consume se lanza
hacia ella con la esperanza de no tener límites y obrar a sus anchas por sobre
el resto de su comunidad. Pero en realidad, una vez contraída la dependencia,
nunca más el adicto será libre. Y cada decisión que tome en el futuro, estará
muy lejos de lo que él opine sobre lo correcto o incorrecto. Lo que está bien o
mal desde su punto de vista, nunca más será una referencia a tomar en cuenta,
porque la única inspiración de todos sus actos será la permanencia de su
consumo. Los que son privados de este hábito por la razón de hechos externos
(pues nadie la abandona voluntariamente) pierden la estructura de sus caminos y
deambulan tristes y amargados por lo que queda de sus vidas. La llaman Poder
(algunos, autoridad), y los esclavos de este flagelo no me dan mucha lástima,
pues vienen gobernando mal al mundo y orientándolo "espiritualmente" hace miles
y miles de años. Y en algunos "afamados" casos, lo han hecho criminalmente.
La mayoría de las culturas dieron capital importancia a la forma de
simbolizar el Poder, con el objetivo de asegurar que los subordinados lo
visualicen claramente. Los símbolos son muy variados, suelen ser cetros,
bastones, coronas, anillos, escarapelas en el pecho, listones -diagonales- de
tela, etcétera. Hasta hace muy pocos siglos, en la mayoría del planeta, el
sustento de estos símbolos era de carácter mágico o divino, habitualmente
pasados de mano en mano por herencia de quien los poseía, por victoria en las
guerras impulsadas por la posesión de los mismos, o por el asesinato a sus
portadores.
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Consiga ¿Qué queda del genoma humano y para qué? de Guillermo Bernengo en esta página.
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