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Por qué este libro
Llega un momento en nuestro recorrido como intérpretes en el que la pregunta se nos hace inevitable, cae por su propio peso específico, reaparece una y otra vez en nuestra conciencia hasta que no podemos no mirarla a la cara e introducirnos en el misterio que nos abre. En algunos casos (debo reconocer que los menos, al menos en mi experiencia) la pregunta está y el músico tiene la estructura interna como para habitarla desde el inicio de su ser músico, ingresando en profundidades inimaginables. Sin embargo, en otros (en la mayoría, según mi experiencia) huimos de ella hasta que ya no podemos hacerlo. Ocurre que esta pregunta nos invita y nos propone pero también nos impone un abismo y es por ello que queremos y no queremos verla. En realidad la pregunta ha estado desde siempre pero va tomando cada vez más cuerpo a medida que vamos transitando nuestro camino musical. Sin embargo, muchas veces nuestra reacción ante ella es paradójica y así, cuanto más presente se hace más evitamos mirarla, oscilando en nuestro movimiento, yendo y huyendo, permitiendo que habite en nuestra conciencia y echándola de ella. Así, nuestras maneras de evitarla son múltiples: la búsqueda exclusiva de perfección técnica, el ansia por el reconocimiento externo (de nuestros maestros, colegas o del “ambiente musical” en general), la adicción a la actividad de tocar sea como sea y donde sea o la desesperada carrera hacia el éxito por y para el éxito mismo, aunque seamos ignorantes de lo que ello signifique. En esta dinámica podemos transitar durante meses, años o vidas, todo depende de cuán anestesiados estemos en nuestro dolor de músicos alejados de nuestra propia esencia. Sin embargo la pregunta no se disuelve, permanece, habita en nuestro ser… y espera… Hasta que un día algo de nosotros se vuelve hacia ella y, finalmente, la ve. Muchas veces este ver está detonado por algo externo y, casi siempre lo que la detona no es uno sino varios hechos, aunque siempre comienza por uno. Este hecho puede ser un fracaso en un concurso, un concierto que no fue como esperábamos, las palabras de un maestro o un colega, la mirada de un hijo o, como ocurrió en mi caso, un sueño. Yo tenía veintitrés años y tocaba la viola en la mejor orquesta juvenil de ese momento. Además ya dirigía. Era, digámoslo así, “exitoso” como músico joven, con un futuro relativamente promisorio. Sin embargo, como músico, no era feliz. Yo no me daba cuenta. En realidad algo sí intuía y lo intuía en situaciones simples, cotidianas. Por ejemplo: no tenía ganas de ir a ensayar, de estudiar, de ir a clase. Sin embargo, seguía adelante. Una noche soñé. El sueño era así: Yo estaba tocando la viola en esa orquesta y de pronto todos quedaban estáticos; el director quedaba paralizado y mis compañeros también. El único que podía moverse era yo. Por supuesto dejé de tocar (en realidad ya no había música ya que todos estaban con los instrumentos en posición pero quietos y, por supuesto, no emitían sonido) y bajé la viola extrañado. Entonces, algo descendió de quién sabe dónde, se detuvo frente a mí y mirándome con una media sonrisa me dijo: “Pero ¿qué estás haciendo acá? No, no, no, vení, así no es, vení.” Y simplemente me tomó de la mano, me levantó de mi lugar, atravesó conmigo el espacio entre mis compañeros y me sacó de la orquesta. El sueño terminó en ese momento.
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Música y emociones: Una mirada integral del intérprete de música
de Mauricio Weintraub
ediciones elaleph.com
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