I
Viajero furtivo
Oculto detrás de un promontorio a orillas del Moldava, que acababa de cruzar
por uno de sus puentes, Yehuda Lev ben Bezalel, Gran Rabino de Praga, esperaba
la complicidad de las sombras. A la hora indicada lo buscaría un carro cargado
de heno. Subiría a él y rodearían Malá Strana por sus empinadas y estrechas
callejuelas rumbo al castillo imperial.
Yehuda se dijo que a nadie le extrañaría el traqueteo del viejo carromato.
Era cierto: todos estarían en sus hogares o acaso en alguna taberna. "Podré
atravesar fácilmente el monótono caserío de piedra", pensó. Allí moraban los
vasallos que, por el trabajo que realizaban, no vivían en la fortaleza. Yehuda
solía cruzarse con ellos cuando volvían a sus hogares y él...
Lo distrajeron los majestuosos cisnes que se deslizaban por el Moldava. El
río se abría como para dar paso a la ordenada formación detrás de su guía,
soberbio en la longitud del cuello y la envergadura. Uno de los cisnes se separó
del grupo y, aproximándose a la orilla, hundió su anaranjado pico en el fango.
Cuando otros se le acercaron en busca de alimento, el graznido del comandante
los instó a unirse nuevamente. Esa multitud de aves parecía aceptar una
jerarquía. Tampoco eran libres. Yehuda los observó hasta que se hicieron puntos
en la lejanía. Una bandada de gaviotas levantó vuelo, asustada por el grito de
un botero.
Desde su promontorio, Yehuda tenía una vista magnífica de Malá Strana: sus
casas de tejados ocres, los pocos pero imponentes y lujosos palacios que habían
aparecido con la llegada de los Austrias. ¡Los lujosos palacios! Detuvo su
mirada en el de los Rückowicz: algo en aquella soberbia construcción lo
desafiaba desde siempre. Trató de alejar los malos presagios. También alcanzaba
a distinguir las torres y agujas de la Basílica de San Jorge.