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- Es que me tenía mucha prisa ir a Córdoba, -repuso con algún embarazo. -Tenía que ir a solicitar algo de los jueces sobre cierta causa...

Hablando así, miraba a mi guía Antonio, que bajaba los ojos.

La sombra y la fuente me gustaron de tal manera, que me acordé de algunas lonjas de excelente jamón que mis amigos de Montilla habían puesto en las alforjas de mi guía. Hícelas traer y convidé al forastero a tomar parte en la improvisada colación. Si no había fumado desde largo tiempo, parecióme verosímil que no había comido en cuarenta y ocho horas, a lo menos. Devoraba como un lobo hambriento. Pensé que mi encuentro había sido providencial para el pobre diablo. Mi guía, sin embargo, comía poco, bebía todavía menos y no hablaba del todo, por más que desde el principio de nuestro viaje se me hubiese revelado como un parlanchín sin rival. La presencia de nuestro huésped parecía embarazarlo, y había cierta desconfianza que los alejaba a uno de otro sin que yo adivinase positivamente la causa.

Ya las últimas migajas de pan y de jamón habían desaparecido y habíamos fumado cada uno un segundo cigarro, ordené al guía que embridase nuestros caballos, é iba a despedirme de ni¡ nuevo amigo, cuando me preguntó dónde contaba yo pasar la noche.

Antes de que hubiese prestado atención a un signo de mi guía, había yo respondido que iba a la venta del Cuervo.

-Mal albergue para recogerse una persona como usted, caballero. Yo voy también y, si me permite usted acompañarlo, haremos juntos el camino.

-Con mil amores,- repliqué montando a caballo. Mi guía, que me tenía el estribo, hízome un nuevo signo con los ojos, al que respondí encogiéndome de hombros como para asegurarle que estaba perfectamente tranquilo, poniéndonos en seguida en marcha.

Los signos misteriosos de Antonio, su inquietud, algunas palabras escapadas al desconocido, sobre todo su corrida de treinta leguas y la explicación poco plausible que de ella me había dado, habíanme hecho ya formar mi composición de lugar acerca de mi compañero de viaje. No me cabía duda de que me las había con un contrabandista, quizá con un ladrón: ¿qué se me importaba? Conocía bastante bien el carácter español, para estar enteramente seguro de no tener nada que temer de un hombre que había comido y fumado conmigo. Su misma presencia era una protección eficaz contra cualquier mal encuentro. Por otra parte, me venía muy bien saber lo que era un bandolero. No se ven todos los días, y hay cierto encanto en encontrarse cerca de un ser peligroso, sobre todo cuando se le siente dulce y amansado.

Esperaba llevar por grados al desconocido a hacerme confidencias, y, a pesar de los guiños de mi guía, llevé la conversación acerca de los salteadores de caminos. Bien entendido que hablaba yo de ellos con respeto. Había por entonces en Andalucía un famoso bandido llamado José María, cuyas proezas estaban en todas las bocas.

-¿Si estaré yo al lado de José María? -dije para mí...

Conté las historias que sabía de este héroe, todas en su loor, por supuesto, y expresé altamente mi admiración por su bravura y su generosidad.

-José María no es más que un pícaro, -dijo fríamente el forastero.

 
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