-¿,Le hace justicia o bien es un exceso de modestia por su parte? -me pregunté mentalmente porque a fuerza de mirar a mi compañero, había acabado por aplicarle las señas de José María, que había leído yo en los edictos fijados en las puertas de muchas ciudades Y villas de Andalucía. -Sí, es él ... Pelo rubio, ojos azules, boca grande, dentadura hermosa, manos pequeñas, camisa fina, chaqueta de terciopelo con botonadura de plata, polainas de cuero blanco, el caballo bayo... ¡No cabe duda! Pero respetemos su incógnito.
Llegamos a la venta. Era tal como me la habían pintado, es decir, una de las más miserables que hubiese encontrado hasta entonces. Un gran cuarto servía de cocina, comedor y dormitorio. Sobre una piedra plana ardía el fuego en medio del aposento, y el humo salía por un agujero practicado en el techo, ó, por mejor decir, se detenía allí, formando una nube a algunos pies sobre el suelo. A lo largo de la pared veíanse, extendidas en tierra, cinco o seis viejas jalmas: eran las camas de los viajeros. A veinte pasos de la casa, ó, mejor dicho, de la única pieza que acabo de describir, levantábase una especie de cobertizo que servía de establo. En esta deliciosa morada no había otros seres humanos, a lo menos por entonces, que una vieja y una niña de diez o doce años, ambas de color de hollín y vestidas con horribles andrajos.
-¡He ahí todo lo que queda, -me dije, -de la población de la antigua Munda Boetica! ¡Oh César! ¡Oh Sexto Pompeyo! ¡Cuán sorprendidos quedaríais, si volviéseis al mundo!
Al reparar en mí compañero, dejó escapar la vieja una exclamación de asombro.
-¡Ah, señor don José! -exclamó.
Don José frunció el entrecejo y levantó una mano con gesto de autoridad, que paró a la vieja en seguida.
Volvíme hacia mi guía, y con un signo imperceptible hícele comprender que nada tenia que decir acerca de la clase de hombre con quien iba a pasar la noche. La cena fue mejor de lo que yo esperaba. Sirviéronnos, en una mesita de un pie de alto, un viejo gallo en pepitoria con arroz y muchos pimientos, después pimientos fritos y, finalmente, gazpacho, hecho también con pimientos. Tres platos con tanta especia obligáronnos a recurrirá menudo a un pellejo de vino de Montilla, que pareció delicioso. Después de haber comido, viendo una bandurria colgada de la pared (hay por todas partes bandurrias en España), pregunté a la chiquilla que nos servía, si sabía tocarla.
- No,- respondió, -pero la toca muy bien don José.
-Tenga usted la bondad de cantarme algo, -le dije; -gusto con pasión de vuestra música nacional.
-Nada puedo negarle a un caballero tan honrado que me da tan buenos cigarros,- exclamó don José en tono de buen humor; -y, habiéndose hecho dar la bandurria, cantó acompañándose con ella, La voz era ruda, pero, sin embargo, agradable; el canto, melancólico y extraño. En cuanto a las palabras, no comprendí ni una jota.
-Si no me engaño, -le dije, -no es una canción española la que acabáis de cantar. Eso se parece a los zorzicos que he oído en las Provincias, y las palabras deben de estar en vascuence.