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-Sí, -repuso don José con aire sombrío. -Dejó la bandurria en tierra, y con los brazos cruzados púsose a contemplar el fuego, que se apagaba, con una singular expresión de tristeza. Iluminado por un velón puesto sobre la mesita, su rostro a la vez noble y torvo, me recordaba el Satanás de Mílton. Como él, quizá, mi compañero pensaba en el paraje que había abandonado, en el destierro en que había incurrido por una falta. Procuré reanimar la conversación, pero no respondió, absorto como estaba en sus tristes pensamientos. Ya la vieja se había echado en un rincón del cuarto, al abrigo de un cobertor agujereado, tendido sobre una cuerda. La chiquilla habíala seguido en aquel retiro reservado al bello sexo. Mi guía, entonces, levantándose, invitóme, a acompañarlo al establo; pero al oír estas palabras, don José como despertándose sobresaltado, preguntóle en tono brusco a donde iba.

-Al establo, -respondió el guía.

-¿Para qué? Los caballos tienen que comer. Acuéstate aquí: el señor lo permitirá.

-Temo que el caballo del señor esté enfermo. Quisiera que el señor lo viese: puede que sepa lo que hay que hacerle.

Era evidente que Antonio quería hablarme a solas; pero yo no trataba de infundir sospechas a don José, y en el punto a que habíamos llegado, parecíame que el mejor partido que podía tomar, era demostrar la mayor confianza. Respondí, pues, a Antonio que yo no entendía nada en caballos y que tenía ganas de dormir. Don José le siguió al establo, de donde pronto volvió solo. Díjome que el caballo no tenía nada, pero que mi guía lo encontraba tan precioso animal, que lo frotaba con su chaqueta para hacerle transpirar y que contaba pasar la noche en esta agradable ocupación. Entretanto, yo me había extendido sobre las jalmas, cuidadosamente envuelto en mi capa para no tocarlas. Después de haberme pedido le dispensase la libertad que se tomaba al ponerse cerca de mí, acostóse don José detrás de la puerta, no sin haber renovado el cebo de su trabuco, que cuidó de colocar debajo la alforja que le servía de almohada., Cinco minutos después de habernos deseado mutuamente las buenas noches, estábamos uno y otro profundamente dormidos.

Creía hallarme bastante fatigado para poder dormir en semejante yacija; pero al cabo de una hora vinieron a arrancarme de m¡ primer sueño unas muy desagradables picazones, levantándome así que hube comprendido la naturaleza de las mismas, persuadido de que valía más pasar el resto de la noche al raso, que no bajo aquel inhospitalario techo. Caminando de puntillas llegué hasta la puerta, pasé a horcajadas por encima la cama de don José, que dormía con el sueño de los justos, y tan bien lo hice, que salí de la casa sin que despertara. Junto a la puerta había un ancho banco de madera; extendíme sobre él y me arreglé de la mejor manera posible para acabar la noche. Iba a cerrar los ojos por segunda vez cuando me pareció ver pasar por delante de mí la sombra de un hombre y la sombra de un caballo, marchando uno y otro sin ocasionar el menor ruido. Incorporéme y creí reconocer a Antonio. Sorprendido al verlo fuera del establo a semejantes horas, levantéme y me dirigí a su encuentro. Habíase detenido, y reconocióme desde luego.

-¿Dónde está? -preguntóme Antonio en voz baja.

-En la venta; duerme: no tiene miedo a las chinches. ¿Por qué te llevas ese caballo?

Noté entonces que, para no hacer ruido al salir del cobertizo, Antonio había envuelto cuidadosamente los pies del animal con trozos de un viejo cobertor.

 
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