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-Hable usted más bajo, por Dios, -díjome Antonio- ¿No sabe usted quién es ese hombre? Es José Navarro, el más insigne bandido de esta Andalucía. Todo el día le he estado a usted haciendo señas, que no ha querido usted comprender.

-Bandido o no, ¿qué me importa ?--respondí. -No nos ha robado, y apostaría a que tampoco tiene ganas.

-Enhorabuena; pero hay doscientos ducados para quien lo entregue. Yo sé un puesto de lanceros a legua y media de aquí, y antes de que amanezca traeré algunos mozos de pelo en pecho. Hubiérame llevado su caballo; pero es tan arisco, que nadie sino Navarro se le puede acercar.

-¡Vete al diablo! -dije. - ¿Qué mal te ha hecho ese pobre hombre para delatarlo? Y, por otra parte, ¿estás seguro de que sea el bandido que dices?

-Perfectamente seguro, señor. Hace poco me ha seguido hasta el establo y me ha dicho: -« Parece que me conoces. Si le dices a ese buen señor quién soy, te levanto la tapa de los sesos. Quédese usted, señor, quédese usted a su vera: no tiene usted nada que temer. Mientras sepa que está usted ahí, no recelará nada.

En tanto hablábamos, nos habíamos alejado ya bastante de la venta para que no pudiesen oírse las herraduras del caballo. Antonio lo había desembarazado en un abrir y cerrar de ojos de los trapos con que le habla envuelto los pies y preparábase a montar, siendo vanas mis súplicas y amenazas para retenerlo.

-Soy un pobre diablo, señor, -me decía .-Doscientos ducados no son para hacerles asco, sobre todo, cuando se trata de librar al país de semejante canalluza; pero ande usted con tiento, porque si el Navarro se despierta, coge el trabuco y... ¡cuidado! Yo he ido demasiado allá para retroceder. Arréglese usted como pueda.

El bribón estaba ya firme en la silla; picó con las dos espuelas y pronto lo perdí de vista en la obscuridad.

Estaba muy irritado contra mi guía y pasablemente inquieto. Después de un instante de reflexión, decidíme y entré en la venta. Don José dormía aún, reparando, sin duda, en aquel momento las fatigas y vigilias de muchos días de jaleo. Vime obligado A sacudirlo rudamente para despertarlo. Jamás olvidaré su mirada fosca y el movimiento que hizo para coger el trabuco, que, por vía de precaución, había puesto Yo a alguna distancia de la cama.

-caballero,- Le dije, -le pido me perdone por haberlo despertado; pero tengo una tonta pregunta que hacerle a usted: ¿le gustaría a usted mucho ver llegar aquí media docena de lanceros?

Púsose en pie de un salto, y, con voz terrible:

-¿Quién se lo ha dicho a usted? - me preguntó.

-Poco importa de donde viene el aviso mientras sea bueno.

-Su guía de usted me ha vendido, pero me la pagará. A dónde está?

-No sé... En el establo, me figuro... pero alguien me ha dicho...

-¿Quién se lo ha dicho a usted? No puede ser la vieja...

-Alguien a quien no conozco. Dejémonos de palabras vanas. ¿Tiene usted, sí o no, motivos para no esperará los soldados? Si los tiene usted, no pierda usted el tiempo, sino que buenas noches, y pido a usted mil perdones por haber interrumpido su descanso.

¡Ah! ¡Su guía de usted! ¡Su guía! Ya había yo recelado al principio; pero... ya se lo dirán de misas. Con Dios, señor. Dios le pague a usted el favor que le debo. No soy tan malo como me cree usted. Sí: hay todavía en mí algo que merece la compasión de un gentil caballero. Con Dios, señor. No tengo más que una pena, y es no poder corresponder a usted en lo que le debo.

 
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