Ahora que en mi biblioteca quedan apenas dos ejemplares de
papel, las nuevas tecnologías me permiten reeditarlo en formato electrónico. Por
sugerencia de Victor Redondo, que no nació el mismo año que yo pero era socio de
Gustavo Margulies, Diego Ruiz decidió incluirlo en su colección de literatura
argentina en www.elaleph.com: así el libro
entero fue fotografiado en un escáner y convertido al formato pdf, el color ya
algo avejentado del papel fue reemplazado por el fondo blanco, quizá aún
demasiado luminoso e imponderable de la pantalla, y gracias a eso vuelve a
circular en busca de nuevos lectores. La ilustración de tapa de esta edición es
un autorretrato que hice yo mismo fabulando que inventaba un estilo de pintura
que me regodea llamar letrismo, porque uso las letras directamente como
línea o grafía incitando quizá al mirador habitual de obras de arte a leer
también las imágenes como si se encontrara frente a cuadros escritos, y que en
rigor se parece bastante -descubrí mientras escribí este pequeño prólogo, al de
los bellos poemas-dibujos de Guillaume Apollinaire y acaso también, con suerte,
a las creaciones visuales de Günter Grass o de Henri Michaux.
En cuanto al contenido, no es mucho lo que tengo para decir:
todos los cuentos cuentan cosas que me pasaron pero también que inventé que me
pasaron. Mencionaré tres a modo de sinécdoque del libro. "Papeles de la mudanza"
adhiere justamente a la teoría de que el pasado propio sólo se puede fabular,
nunca reconstruir fidedignamente. "El bongó", que fue apreciado por Adolfo Bioy
Casares, Martha Lynch y un editor anónimo con una mención en cierto concurso
panamericano, es de cuando tenía diecisiete años. En "Papá Hem no usaba
Brancato" toreo con la idea de mi propio suicidio, cosa que uno sólo puede
escribir cuando tiene la omnipotencia de los veinte, y de la cual, confío, podré
zafar antes de los cuarenta y ocho publicando una continuación que me prorrogue
la existencia.
Releyendo los cuentos para esta edición, veo que utilicé los
mismos procedimientos con los que he seguido y sigo trabajando desde siempre:
homonimias, reconstrucciones, paralelismos y refritos conforman una serie de
historias que en apariencia son "retratos de familia" pero que en el fondo
aluden siempre a un mundo exterior ominoso del que sólo se puede hablar por
medio de la elipsis. Así como todo lo real puede estar representado en la
cáscara de una nuez cada vez me convenzo más de que, como me dicen, la idea de
eternidad no va más allá del momento presente. Si fuera posible, me gustaría que
se leyeran estos cuentos como aproximaciones a una familia de libros que
adhieran a esa pretensión oriental. Reeditarlos en un soporte inimaginable
cuando los escribía, me confirma la intuición de que el futuro es apenas otra de
las convenciones con que los hombres buscamos diluir el vasallaje de lo
efímero.