El Libro
Una vez imaginé que todas las palabras que yo decía se estaban
escribiendo, al mismo tiempo que las pronunciaba, en un inmenso libro que había
en el cielo. Era éste un volumen hermoso, mezcla de libro mayor de cuentas e
incunable (si bien yo no conocía aún el significado de semejante palabra,
imaginaba que mi libro habría de parecerse a los lujosos tomos de las Mil y Una
Noches y las Biblias que siempre me paraba a mirar en las vidrieras de las
librerías). Creo que las tapas tenían grabados e inscripciones hechas en letras
de oro y tal vez un candado formidable, que sólo se abriría en el momento de mi
muerte. Supe de todas maneras, con esa certeza que da la imaginación, que las
páginas eran gruesas hojas de un papel opaco.
En realidad suponía que todas las personas poseían un libro así
en la gran biblioteca que había entre las nubes. En el lomo de cada uno
figuraban los nombres y apellidos de toda la humanidad. El día de la muerte uno
podía concurrir allí y leer hasta los detalles más insignificantes de su
vida.
Lo que más me interesaba a mí era encontrar el texto de las
discusiones que solía tener con mi hermano. Cada vez que nos peleábamos, mi
madre, para no ser injusta, nos castigaba a los dos encerrándonos por separado
en los baños de casa. Ves mami que yo no dije tal o cual cosa, le explicaría a
la muy tonta tarde o temprano. No pensaba, claro, que el día de mi muerte ella
no iba a poder estar conmigo en el cielo.
Años después se me dio por pensar que en el libro aquel se
escribía absolutamente todo lo que uno pronunciaba, incluidos gritos, toses y
onomatopeyas diversas. El resultado no podía sino ser ininteligible.
También en esa época (ya tendría nueve o diez años) traté de
registrar una página por mi cuenta. Decidí eliminar sonidos y las cosas que me
contaban que yo decía estando dormido. Pero carecía de los mínimos rudimentos
del arte de la escritura y, hasta mucho tiempo después, no logré volcar al papel
una sola palabra.